Durante los últimos años, el bloqueo mediático al que se han sometido los escándalos en las fábricas más grandes de Chile no ha permitido tener una perspectiva más compleja de las tragedias que viven los  trabajadores de las multinacionales que producen los bienes que usamos día a día.

En estos párrafos intentaremos abordar esta problemática basados en el que quizás es el caso más  emblemático de la explotación laboral en China, Foxconn; el gigante de la producción de aparatos electrónicos, responsable de la mayor parte de las partidas de los productos Apple, Samsung, Microsoft, etcétera, es además, uno de los peores lugares para trabajar del globo. Es desde este punto que la denominada imaginación sociológica nos ayuda a describir y descifrar de mejor manera los sucesos que llevan a que no sólo uno, sino varios de los empleados de la empresa hayan optado incluso por el suicidio.

Aplicando lo descrito por Wright (1959), cabe entonces ubicar nuestro análisis en el contexto histórico y social en el que se produce:

La República Popular China, reconstruida en base a un marxismo renovado, con tasas de crecimiento del orden del 9% anual, se ha levantado como una de las grandes potencias del globo y con serias posibilidades de arrebatar el sitial más alto a los Estados Unidos; es en este escenario, que muchas de las fábricas se han acoplado al modelo económico liberal y desarrollan formas tanto directas como indirectas de subcontratación para las grandes compañías del mundo automotriz, tecnológico, entre otros.

Esta forma de enfrentar la economía, sumado al estricto control estatal que se ejerce en la sociedad china, propio de un esquema comunista interno, ha creado un ordenamiento social en el que la producción en serie es fundamental para el desarrollo del mismo.

Las “necesidades” para sustentar el modelo económico, han hecho que desde la mirada del empleador, el proletariado sea un conjunto de cifras y curvas de producción marginal y no un individuo de importancia. Si pensamos que junto a esto, la evolución social ha definido el rol del individuo como parte de esa línea productiva en pos del crecimiento de la comunidad, las remediales de esta situación implican un cambio más profundo tanto interno de la sociedad china, como en la manera en la que nos comprometemos como sociedad occidental en la forma de hacer negocios con Asia.

Nuestro primer antecedente de esta conciencia de cambio, lastimosamente, se remonta solamente hace unos días, cuando los mandamáses de Apple visitaron las instalaciones de Foxconn en Pekín y obligaron a la empresa a mejorar las condiciones laborales, por faltas que iban desde horas de trabajo excesivas hasta trabajo no remunerado.

El gran dilema que nos plantea esta situación es lo que Kierkeegard definiera como la verdad propia y que tiene que ver con la importancia de las decisiones que cada uno de nosotros tome respecto de como enfrentarnos desde nuestra posición social estas injusticias, cómo crear una verdad social en base a nuestras acciones. Sólo de esta forma tenemos armas para atacar la punta de la piramide del modelo de negocios de las multinacionales, creando cambio y poder social, creando desde la base de la sociedad una nueva forma de pensar los acuerdos con las sociedades de la aldea global, una nueva forma de reivindicar los derechos por los que tanto se luchó tras la revolución francesa y que hasta el día de hoy pasamos a llevar con nuestros actos.

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